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sábado, janeiro 05, 2008

Tânia Carvalho sings António Variações

A coreógrafa Tânia Carvalho a interpretar Cancão do Engate, de António Variações

Dança em Almada

Duas coreografias que se mostram hoje no Teatro Municipal de Almada.

Às 17, Visita Guiada, de Cláudia Dias

Visita Guiada estreou em 2005 e não mais deixou de circular dentro e fora de portas, mas talvez nenhuma outra apresentação faça tanto sentido como a que no início do ano se mostrará em Almada, inaugurando a temporada de dança 2008 do Teatro Municipal. É o regresso à casa de partida de uma peça maturada onde Cláudia Dias explora o seu passado, vivido em Almada, e o “choque” das descobertas que a outra margem, Lisboa, lhe foi oferecendo. Seguindo uma narrativa que equilibra biografia e ficção, a coreógrafa constrói à boca de cena, na sua simplicidade e justo rigor, uma mini-paisagem que reflecte sobre o lugar do corpo (ou a tomada de consciência de que se tem um corpo) num mundo onde a dança surge enquanto disciplina tradutora de movimentos reactivos, aqui apresentados sob a forma de objectos do quotidiano deslocados da sua função principal. De uma beleza ímpar, a peça consolida o discurso de Cláudia Dias, que explorando o método de Composição em Tempo Real, criado por João Fiadeiro, o transforma num belo exercício de revelação apenas aparentemente biográfico.


às 21h30, A Arte da Fuga, de Rui Lopes Graça


Se traduzir é escrever de novo, então, em A Arte da Fuga Rui Lopes Graça re-escreve a peça homónima de Bach, num gesto dramatúrgico atento que chama a si aquilo que de mais perturbador a peça carrega: o risco de não a vermos no seu todo, dada a complexidade de interpretações sugeridas pela fragmentação da obra. Catorze momentos – todos eles variações do mesmo tema, contemplando ainda dois cânones que prolongam dois deles já na recta final da estrutura –, surgem através de um diálogo coreográfico rico em significados. As breves sequências, maioritariamente interpretadas por quatro bailarinos tal como cada momento musical o é por quatro instrumentos, organizam-se sem uma linearidade e facilmente poderiam reorganizar-se sem perda de sentido. Simbolicamente violenta, esta é uma peça onde os fraseados de Lopes Graça ampliam a liberdade criativa de Bach.


textos publicados ontem no Ípsilon

quinta-feira, novembro 22, 2007

Pina Bausch em Lisboa no mês de Maio

Pina Bausch vai regressar a Lisboa em 2008 para um festival pensado pelo São Luiz - Teatro Municipal e o Centro Cultural de Belém. De 4 a 9 de Maio a coreógrafa alemã apresenta a peça icónica Café Muller (1978), a criação que fez a partir de Lisboa Masurca Fogo (1998), e Nefes (2003), criação feita a partir de Istambul. Para além disso mostram-se os filmes O Lamento da Imperatriz e A Sagração da Primavera, ambos da coreógrafa e Lissabon-Wuppertal-Lisboa, de Fernando Lopes., em sessões comentadas pelo realizador, José Sasportes, Olga Roriz, Rui Horta, Maria João Seixas e António Mega Ferreira. Decorrerão ainda conversas com o cenógrafo Peter Pabst, com a própria coreógrafa, os bailarinos Dominique Mercy e Nazareth Panadero, e o realizador Pedro Almodóvar. Os bilhetes serão postos à venda, nas bilheteiras dos dois teatros, a partir de dia 1 de Dezembro. Abaixo excerto da peça Masurca Fogo. Na OBSCENA #4 pode ler uma longa conversa com Pina Bausch, conduzida por Mónica Guerreiro no passado mês de Abril, e aqui a crítica ao filme de Fernando Lopes, saída na OBSCENA #1, e também assinada por Mónica Guerreiro . foto de Alceu Bett

quinta-feira, novembro 08, 2007

La Ribot explicada por e às crianças

O dvd Treintaycuatropiécesdistingués&onestriptease, de La Ribot, já foi criticado na OBSCENA #6. Mas duas meninas de Valência decidiram que era preciso explicar aquilo como se tivessemos todos quatro anos. Eis o resultado:

A Primavera de Xavier

O espectáculo vem ao Alkantara em 2008, a crítica foi publicada no último número da OBSCENA e a peça mostra-se, em excertos, no You Tube. Xavier Le Roy criou a sua própria Sagração da Primavera a partir de Simon Rattle, o maestro.

quarta-feira, outubro 10, 2007

SOBRE LA CRÍTICA: uma aproximação por Jaime Salazar-Conde



En un principio, no creo que escribir, reflexionar o hablar sobre danza requiera ninguna condición, esfuerzo o dedicación específicas distintas a la que se requieren para escribir, reflexionar o hablar de teatro, artes plásticas, toros, moda, gastronomía, música, etc. Evidentemente, y al igual que ocurre con otros campos de conocimiento humano, para hablar de algo es necesario estar familiarizado con la información específica referida a ese ámbito. En el caso de la danza esa información básica es de muy fácil acceso y está recogida en manuales muy completos que se pueden adquirir en cualquier librería mínimamente especializada. Así que creo cualquiera que lo desee, puede fácilmente ponerse al día y llegar a escribir algo interesante sobre la danza.

Me inquietan mucho los procesos de especialización, y la figura del especialista me aterra. Además en el caso de la danza, la especialización ha demostrado ser un fenómeno difícil de manejar. A la vista de lo que está ocurriendo en los departamentos de Estudios de Danza de las universidades anglosajonas y europeas (exceptuando al Estado Español los conservatorios han impedido que las universidades desarrollen departamentos de Estudios de Danza) incluso me atrevería a decir, que precisamente lo que requiere la crítica de danza es una “des-especialización”. Frente a los discursos inertes y absortos en sí mismos y en sus estrategias narrativas repetidas sin descanso y rente a la confianza ciega en que es realmente posible atrapar la danza inventando esencias universales capaces de definir fenómenos más allá de los hechos concretos, creo que es necesario buscar la contaminación, los puntos de vista híbridos, las reflexiones inapropiadas, las cuestiones incómodas, las miradas transversales. No tiene mucho sentido que mientras que el resto de los ámbitos de conocimiento tienden a diluir sus límites y a dejarse contaminar por argumentos ajenos, la danza busque el aislamiento solipsista.

Creo que hoy, en la mochila en la que llevamos nuestros manuales de Estudios de Danza, tenemos que poner también un poco de Estudios Culturales, un mucho de Estudios de Género, un bastante de psicoanálisis (moleste a quien moleste), una pizca de Estudios de Performance, un toque de teoría post-estructuralista, una guinda de teoría postcolonial… y en definitiva, cualquier cosa que nos ayude a acercarnos a un evento vivo-viviente como es la danza. De esta manera, como críticos podremos trabajar desde un espacio mucho más rico y diverso en el que es posible encontrarse en los discursos, los deseos, los intereses con otros seres humanos que también se preocupan por la creación bien sea en el campo de la filosofía, de, os toros, de la gastronomía, del diseño de complementos o de la publicidad. Me temo que hay más información acerca de la danza un artículo de moda de María Vela-Zanetti, que cualquier crítica de danza que aparezca en El País. Por poner un ejemplo. Por eso, a la primera pregunta yo respondería que uno nunca sabe por donde va a saltar la libre y que por eso, hay que tener los ojos y el resto de los órganos preparados para dirigir su atención hacia cualquier parte y no sólo hacia la danza.

Evidentemente esta última afirmación mía requiere algunas explicaciones ya que implica una idea determinada y personal de lo que yo entiendo que es la tarea del crítico. ¿A qué se dedica un crítico? En un principio yo diría que un crítico de danza no es, o no necesariamente, alguien que escribe una “crítica de danza”. Entiendo la crítica no tanto como un género periodístico sino más bien como una acción que se nutre de la teoría para relacionarse o referirse al conocimiento humano y, por tanto, a la creación artística. Un crítico genera discursos. Creo que esa es su tarea. Por eso un crítico no tiene que ser necesariamente alguien que escribe textos dentro del género “crítica de danza”. Un crítico bien puede hacer labores de dramaturgista y acompañar un proceso de creación, puede escribir un artículo académico, puede administrar un archivo, puede montar una exposición, puede escribir un libro, puede organizar unas jornadas sobre crítica…

Para hacer todo esto, el medio, la materia prima con la que trabaja es la escritura. Y aquí creo que está la diferencia con el programador. El programador también genera discursos pero a través del diseño de eventos y de la puesta en marcha de proyectos. El programador no tiene obligatoriamente que escribir para desarrollar su labor. El crítico sí. Es su campo de batalla. En la escritura es donde se concreta y realiza al mismo tiempo, su discurso. Sentado en su mesa, solo, frente a su ordenador, tecleando, el crítico se construye como sujeto: esto es, muestra (o al menos, lo intenta) cómo se ve el mundo desde su cuerpo inscribiendo letras, componiendo palabras, armando frases etc. En este impulso el deseo manda. El crítico lucha por referirse a su deseo y, en esa lucha a través de la escritura, mostrarse como sujeto, o en nuestro caso, como espectador individual que estuvo allí (en el teatro…pero no necesariamente) e incorporó parte de la información que se emitió.

No hay que olvidar que estamos hablando de una disciplina viva: la danza desaparece en el momento mismo de realizarse. El crítico escribe de vuelta a su casa una vez que el espectáculo terminó. Es decir, el crítico trabaja en la memoria, en su memoria individual. Por eso habita en un espacio de melancolía, de querer retener con la escritura lo que se fue, aun sabiendo que su intento está siempre avocado al fracaso. De alguna forma, el crítico renuncia al duelo liberador y acepta dejarse llevar por el impulso melancólico.

Así las cosas, no creo que debamos atribuir al crítico ningún tipo de función pedagógica o de intermediario entre la artista y el resto del público. Pienso que las experiencias de todas las personas que asisten a un espectáculo son válidas e interesantes. Tanto el que aplaude entusiasmado, el que se duerme, la que tose en los silencios, el que establece complicidades íntimas con lo que ve, el que delira manipulando lo que ve a partir de sus propios relatos u obsesiones, la que se levanta y se va increpando a los artistas, el que quiere entenderlo todo y le pide a su amiga entendida que le explique la obra, la que piensa que aquello no es danza, el que se lanza al camerino para explicarle al artista que la obra ha hecho más por él que años de terapia, el grupo de intelectuales que siente la necesidad urgente de comentar la obra justo después de que haya acabado…

Todo contribuye a que el hecho artístico suceda. Cada comportamiento es manifestación de una verdad, de algo que realmente a ocurrido. Por eso no creo que en ningún caso estos comportamientos deban ser orientados, aleccionados o guiados por la tarea del crítico. No tiene mucho sentido para mí tener miedo e intentar limitar o condicionar las experiencias de otras personas. El crítico es uno más de los que asisten a la sala. La diferencia es que, una vez acabado todo, el crítico se sienta a escribir. Y en la escritura hace el esfuerzo de configurarse en público como sujeto, como individuo que ve el mundo de una determinada manera y que comparte esta visión con todo aquel que le apetezca y le venga bien ponerse en el lugar del lector. Lo que el crítico escribe o hace, quizás no sea más que un intento de provocar encuentros diferidos con otros seres humanos. Es decir, el crítico escribe y así se muestra como sujeto (considerado aquí sólo como una entidad inestable y nómada en constante transformación) ante un objeto concreto y en un momento concreto; y, de vuelta, la lectora, lee y así se configura también ella como sujeto. Posiblemente sea ahí donde ocurra la comunicación, en ese encuentro sin cuerpos, en ese encuentro diferido.

Jaime Salazar-Conde é crítico e investigador na área da dança. Colaborador da revista OBSCENA. Pode ler no número 6 as suas críticas a Cuqui Jerez (na foto) e La Ribot.

sábado, setembro 22, 2007

Ballettanz escolhe melhores do ano

Quarenta jornalistas e críticos de dança de vários periódicos alemães e estrangeiros foram, como habitualmente, convidados pela revista Ballettanz a fazer as suas escolhas para produção importante, inovadora, coreógrafo, companhia e intérpretes relevantes, jovens bailarinos e coreógrafo a ter em atenção, importante colaboração entre artistas e coreógrafos, significativo desenvolvimento na arte e política e evento de dança enervante do ano. A escolha reflecte também a proveniência dos vários colaboradores que escrevem em revistas tão diversas como as que só se dedicam ao bailado clássico, jornais generalistas ou publicações especializadas na transdisciplinaridade.

Feitas as contas os resultados saíram no número anual da Ballettanz, disponível desde o início deste mês, e indicam a companhia belga Les Ballets C. de la B., de Alain Platel (que dias 13 e 14 de Outubro apresenta na Culturgest Import/Export, de Koen Augustijnen, esolhida por Lilo Weber, do suíco Neue Zürcher Zeitung como importante colaboração entre artistas e coreógrafos) , e a The Forsythe Company, do norte-americano William Forsythe (no primeiro semestre de 2008 no CCB) entretanto sedeada em Frankfurt, como companhias do ano, as russas Natália Osipova e Polina Semionova como bailarinas do ano, e Sascha Waltz, alemã e prémio Novas Realidades Teatrais Europeias 2008 e já este ano se apresentou no CCB, o francês Nasser Martin-Gousset, mas também a alemã Susanne Linke e a sul-africana Robyn Orlin como coreógrafos do ano.

Curiosas são as escolhas para significativo desenvolvimento entre política e arte. Desde a escolha da crítica israelita Ora Brafman, do Jerusalém Post, que refere a “estagnação e a falta de apoio público realista” já que “a maior parte dos bailarinos não ganham sequer o salário mínimo, independentemente da legislação israelita”, ao crítico canadiano Michael Crabb, do The National Post (Toronto), que fala do “declínio do valor do dólar americano” com implicações na “circulação de companhias americanas” e nas “expectativas de treino profissional na Europa”, os comentários registam um desfasamento entre as necessidades do meio da dança e as intenções políticas dos governos. Mike Dixon, da revista inglesa Dance Europe, alerta para o facto de que “a chegada dos Jogos Olímpicos a Londres [em 2012] está a criar um vácuo financeiro nas artes britânicas, já que os fundos provenientes da lotaria [que sustenta, em parte, os apoios públicos à criação artística] estão a ser desviados para projectos relacionadas com os Jogos Olímpicos” e Suki John, do New York Times, fala dos entraves criados pela Administração Bush à entrada de artistas nos Estados Unidos, um aspecto também referido pelo belga Pieter T’Jonck, da revista Etcetera, que afirma estarem ainda a sentir-se os efeitos do 11 de Setembro de 2001. Por outro lado há quem dê exemplos positivos, como a alemã Eva-Elisabeth Fischer, do Süddeutsche Zeitung, que refere a criação de um arquivo de acesso livre das obras de Pina Bausch, eu próprio, que refiro o relançamento da plataforma DBM – Danse Bassin Méditerranée, ou a grega Natasha Hassiotis, do To Vima, que dá conta do anúncio da criação de um Centro para a Dança na Macedónia.

É também com algum interesse que se verifica a escolha dos mesmos acontecimentos em categorias antagónicas. É esse o caso do espectáculo Snow White, da jovem coreógrafa norte-americana Ann Liv Young, que se apresenta em Lisboa, na ZDB, em Janeiro do próximo ano, escolhida por mim como jovem coreógrafa a ter em atenção e por Mindy Aloff, do nova-iorquino Voice of Dance como evento enervante ou a minha escolha para enervante o episódio 6 de Dialogue, de Sasha Waltz, que Renate Klett, do berlinense Freie Autorin escolheu como produção importante.

Entre as escolhas figuram ainda alguns nomes nacionais como Patrícia Portela, escolhida pelo austríaco Helmut Ploebst como coreógrafa relevante, Francisco Camacho, a opção de Pieter T’Jonck para bailarino, na peça Blessed, de Meg Stuart (peça também referida por Arnd Wesemann, editor da Ballettanz, e Sandra Luzina, do Der Tagesspiegel Berlin, como importante), Vera Mantero, como Até que deus é destruído pelo extremo exercício da beleza, escolhida por mim e por Pieter T’Jonck, mas também do crítico e investigador André Lepecki, cujo livro Exausting Dance foi escolhido por Franz Anton Cramer como importante produção (a crítica a este livro sai na próxima edição da OBSCENA, a 1 de Outubro) e a sua performance-conferência Re-Doing, a partir de Allan Kaprow, assinalada por Helmut Ploebst como importante colaboração entre artistas e coreógrafos.

quarta-feira, setembro 12, 2007

Sweet & Tender - a experiência

It’s contemporary dance, stupid!


Todas as histórias têm um início mas esta, porque se quer especial, não tem um mas dois inícios. O primeiro aconteceu em 1992, período que para a dança europeia é de particular significado. As rupturas com aquilo a que se convencionara chamar de novas modernidades tinham possibilitado já uma segunda geração de criadores que começavam agora a agitar as águas da dança. Por iniciativa de Jean-Marc Adolphe nomes como Alain Platel, Meg Stuart, Hahn Rowe, Caterina et Carlotta Sagna, Vera Mantero, Lilia Mestre, Jocelyne Montpetit, Damiano Foa e Laura Simi ou Thierry de Mey passaram um mês em Paris, no Théâtre de la Cité Internationale num projecto a que se deu o nome de SKITe. Cada um deles, a maior parte começando uma carreira internacional e aproveitando a oportunidade para dar largas a colaborações que se prolongariam nos anos seguintes, era responsável pelo convite a mais cinco nomes, não necessariamente da área da dança. E o resultado, intitulado num misto de ingenuidade e de abertura de possibilidades Fragmentos de Experiências, apresentou-se em Paris, Londres e Leuven (Bélgica) criando assim uma plataforma que permitia entender quais os desígnios de uma geração entretanto chamada de contemporânea. Havia uma clara disruptura nas formas e nos modelos de aprendizagem que levavam a que o momento de partilha – o anúncio de um acto de partilha – fosse mais importante. E foi nesse contexto que surgiu a frase-chave para compreender o espírito deste encontro: não proponhas nada que não queiras partilhar.

Escreve Adolphe, em notas de balanço, que “o objectivo era proporcionar uma reunião entre artistas separados por distâncias geográficas, diferenças culturais e muitas vezes uma situação económica precária”. O projecto teve uma segunda edição, dois anos depois, em Lisboa, aproveitando o facto de esta ser, nesse ano, Capital Europeia da Cultura, mas em vez de vinte artistas, e porque a fama tinha ultrapassado o objecto, cerca de trezentas pessoas reuniram-se numa cidade que assistia, surpresa, à consolidação do movimento da Nova Dança Portuguesa mas também, e sobretudo, se queria mostrar cosmopolita, atenta e presente. Clara Andermatt, Jérôme Bel, Olga de Soto, João Fiadeiro, Rachid Ouramdane, Yves Godin, Benoît Lachambre, Christian Rizzo, Nadia Lauro, Wayne MacGregor, Mark Tompkins ou repetentes como Alain Platel, Vera Mantero e Meg Stuart constituíam agora, na sua ampla diversidade, a paleta de possibilidades de uma dança empenhada em questionar que uso dar ao corpo, à relação com o outro no mesmo espaço e enquanto corpo observado (foi em Lisboa que Bel mostrou, em primeira mão, Nom donné par l'auteur – o que dá a caução certa ao espírito deste evento), bem como a consciência de intervenção pública e política. Havia nesta manifestação um certo travo a movimento social transnacional. Mas depois uma pausa, o fim do primeiro início da história por impedimentos vários, medos irracionais e impossibilidade, da parte de potenciais parceiros, para compreender o que estava aqui em causa: “ultrapassar a habitual montra de produções oferecendo aos artistas um tempo para encontros, trocas, pesquisa e experimentação”.

Segundo início, segunda parte da história ou primeira parte da história que agora importa começar a contar do início: 2006, ImPulsTanz, Viena. Ou melhor, o programa DanceWEB no âmbito do Impulstanz. Durante sete semanas vários jovens artistas de outros tantos pontos do globo encontram-se para um intenso programa de formação ad-hoc em dança. E no fim, claro, eternas promessas de futuras partilhas. Mas agora, e porque hoje deixou de haver tempo para se acreditar no futuro ocasional, a promessa quis-se realidade, bem ao jeito de algo delicodoce, tão sweet e tão tender, nome que depressa foi adoptado e cuja concretização muito deve à italiana Valentina Desideri, 24 anos. Foi nessa altura que a história interrompida da geração anterior encontrou a história por fazer da nova geração.

Chamem-lhes tudo menos nova geração

Podemos usar qualquer exemplo que o resultado vai sempre dar ao mesmo: já não há artistas sitiados nem artistas limitados. Tommy Noonan, 24 anos, americano a trabalhar em Freiburg, Alemanha, só porque lhe perguntaram se queria e ele decidiu deixar a instabilidade de Nova Iorque por uma experiência artística mais cúmplice; Tim Darbyshire, 27, australiano que estudou em Angers sem falar palavra de francês e que vacila de cada vez que lhe perguntam se quer mesmo voltar para o outro lado do mundo, Begüm Erciyas, 25, turca que não vai a casa há três anos e está de malas feitas para a Alemanha, Min Kyuong Lee sul-coreana a viver na Nova Zelândia há sete anos e de coração posto na Europa, Monserrat Payró, 32, mexicana, dois filhos e com uma sede de provar que o mundo pode viver de pão e cebolas ou António Pedro Lopes, 26, português, que tem sido intérprete de Fiadeiro e Bel são apenas seis exemplos entre os 32 nomes vindos de Itália, Portugal, México, Áustria, Suiça, Grécia, Bélgica, França, Alemanha, Japão, Coreia do Sul, Eslovénia, Brasil, Irão, Estados Unidos da América, Noruega e Roménia que durante um mês, de 15 de Agosto a 15 de Setembro, se reuniram em St. Erme, no utópico PA-F do coreógrafo e encenador holandês Jan Ritzema para, simplesmente, tomarem o pulso da criação actual numa troca rica de experiências entre coreógrafos, intérpretes, fotógrafos, artistas plásticos, encenadores e críticos (sim, eu fiz parte do grupo e este é, claro, um texto feito por dentro).

E, no entanto, dizer o seu sítio de origem é tão ou mais irrelevante quanto dizer onde se encontram agora. Porque onde se encontram agora pode já ter mudado na semana seguinte. É assim com a nova geração de criadores, por muito difícil que seja aceitar que se faz parte de uma nova geração. O que a caracteriza então?

Desde logo uma facilidade em aceitar que não é da dança quem dançou antes, mas quem quer ser da dança. Não há rituais de passagem obrigatórios, há apenas o acertar de agulhas para um diálogo multidisciplinar onde a dança serve de pretexto para fazer muitas outras coisas. Sobretudo pensar. Pensar que sentido ainda faz falar-se de corpo; pensar de que modo podemos fugir da centralidade proposta/provocada/promovida por esse mesmo corpo; pensar se não são tudo esquemas e artifícios algo pífios para, simplesmente, se apresentar aquilo a que se convencionou chamar performance (e já não espectáculo); pensar e encontrar formas de partilhar e construir territórios de criação comuns onde possa ser visível o contributo individual mas também as dinâmicas de grupo. Mas, e mais importante do que tudo isto, como sobreviver ao paradoxo de querer estar fora do mercado discutindo o problema dentro do próprio mercado?
Citando directamente do manifesto de apresentação “Sweet and Tender Collaborations is first and foremost an idea for cultural production and exchange. It operates on the notion that an individual who can create the conditions for his or her own artistic production can nearly always create the space for an Other as well. It is the idea that the resources within each individual’s sphere can be combined to realize a level of access, mobility and collaboration that would otherwise not be possible, or would be determined by an external authority of producers. Resources in this context come to mean everything from information, to personal artistic values, to funding”.

É um manifesto político, portanto, que está directamente relacionado com as condições de produção e entendimento da profissão de cada um dos envolvidos. Se nos detivermos em pequenos detalhes percebemos que, hoje, estes nomes são absolutos produtos e sintomas do mundo onde vivem: caótico, apressado, multifuncional, veloz, necessariamente eficaz, desprendido, sobrevivente e, estranha mas não surpreendentemente, crente. O que, desde logo, os destaca da maioria, da geração a que dizem não querer pertencer. E porquê?
Sentados em roda, durante três dias de apresentação, um a um foram mostrando ao que vinham. Uns com projectos já definidos que queriam partilhar ma non troppo – queriam sobretudo testar. Outros sem qualquer ideia ou só com a ideia de absorver. Uns desconfiados (como eu, confesso) de grandes encontros. Desconfiados da maleabilidade dos egos. Outros que abriam o seu discurso e a sua prática aos outros, querendo fazer deste encontro, desta comuna, o palco de uma experiência, quem sabe artística – eventualmente – mas sobretudo social e humana. Sim, os sentimentos são sempre nobres no início. E na educação polida de quem deve ouvir antes de reagir começaram a desenhar-se os traços – livres e humanos, pois – que desenhariam a experiência do mês seguinte. Uma experiência que nunca poderia ser vivida em apneia. Já não há apneias neste mundo mercantil. A dada altura do processo a maior parte teve que abandonar, por uns dias ou definitivamente, aquele ambiente para que se pudessem cumprir os compromissos anteriormente assumidos. Festivais, outras residências, apresentações, projectos a entregar… foram razões que, de vez em quando, nos faziam colocar os pés na terra, olhar para lá do vale de St. Erme, procurar o comboio que partisse mais tarde para não se perder pitada da vida quotidiana que depressa se organizou entre refeições fartas e chuva intensa, fazer a mala e sair… para o mundo real… o mundo que se quer transformar a partir do mundo que (n)os transformou, ali, naquele vale.

Nessa roda, dizia, ao longo de três dias – três longos dias – observavam-se já reflexos condicionados do mundo real. Por exemplo, o facto de as notas estarem a ser tomadas não num caderno, entre esquemas e agenda, mas num computador, a maior parte Macintosh, directamente para blogs, sites ou páginas myspace. É a velocidade da informação, é uma reacção imediata esta necessidade de registo público, como uma extensão natural do pensamento. Era um lento acordo entre aquele momento e o futuro. Quebrado o gelo inicial – mesmo que muito desse gelo viesse já derretido pelos encontros anteriores já que grande parte do grupo já se tinha cruzado em Viena – não deixa de ser curioso verificar o desejo de não impor qualquer teoria àquilo que era apresentado. Um desejo quase inato de deixar fluir as apresentações, os discursos, as vontades e os receios. Um receio de não enfrentar, de não confrontar… atitude tão rara quando, precisamente, falamos de artistas, onde os egos insuflados disfarçam as inseguranças e ousam o radicalismo (que houve, mas não de suficiente monta).

Talvez tenha sido o espaço onde tudo se passava (e daí chamar-lhe utópico porque parece irreal que espaços destes teimem em existir) e o momento único que todos pressentiam estar a viver que fizeram com que os dias seguintes seguissem numa dolência confortável que fazia com que as propostas fossem surgindo sem sobreposições, num tango enamorado, ou conscientemente não impositivo. Não havia didáctica, pedagogia ou terapia – e às vezes não o houve por defeito e tudo parecia demasiado perfeito, inquestionável, assustadoramente concertado – que procurasse delimitar o que se fazia, como se quisessem todos apostar num reboot. Sim, um processo de limpeza que poderia, perfeitamente, receber o nome do workshop proposto por António Pedro Lopes: holding on to nothing with everything i've got. Sessões intensas de partilha, não necessariamente pessoal, mas certamente íntima que tinham, de facto, tudo a ver com confiança. Se eu fechar os olhos tu seguras-me? Houve quem caísse ao chão.

É este processo de partilha da intimidade que importa aqui registar, numa altura em que muito se questiona o uso – a meu ver nem sempre justificado ou mal justificado – da biografia no desenvolvimento de um trabalho artístico. Se tomarmos como exemplo o projecto do suíço Christoph Leuenberger, 27, Searching for Intimacy (o seu blog regista o desenvolvimento da pesquisa), intimidade foi uma palavra de ordem neste mês. Através de caminhadas, cartas, conversas ou, naturalmente, partilha de espaços privados, Leuenberger quis explorar as diversas interpretações de intimidade com os outros num exercício algo catártico que muitas vezes entrou, sem licença, no inconfessável íntimo mas que tem tudo a ver com uma certa errância da geração à qual todos pertencemos. Qual a última fronteira a explorar quando nos dizem que já tudo foi explorado? E depois dessa última fronteira, o quê? Já não interessa muito – ou não interessou muito a este grupo – perceber o que cabe e o que fica de fora da dança contemporânea Por isso, e de novo a pergunta, porquê nova geração?

Precisamente porque vivemos hoje num contexto sem grandes margens de ruptura. Se os novos, em vez de jovens, criadores quiserem romper vão fazê-lo contra quem? Meg Stuart, Vera Mantero, João Fiadeiro, Xavier Le Roy, Jérôme Bel, Emmanuelle Huynn, Mathilde Monnier? Em primeiro lugar não podem porque muitos foram formados por esses nomes, num processo de reconhecimento e aproximação que surge, precisamente, da falta que esses outros, os de há quinze anos atrás, sentiram em terem vários corpos com quem dialogar. Em segundo lugar não podem porque os de há quinze anos atrás, com mais ou menos institucionalização, ainda estão, e são, demasiado próximos e cúmplices daquilo que este, novos, defendem. Quanto muito há a sorte de principiante a seu favor, a frescura do olhar novo, se esse olhar novo não vier já formato pelo medo, o receio, o preconceito, o julgamento. E muitas vezes vem. Neste caso também. O medo da classificação é o que mais os assusta. Um receio por vezes infundado já que muitos deles apresentam já uma solidez argumentativa que, confesso, me deixou emocionado.

Casos como o de Jean-Baptiste Veyret-Logerias, francês, 30 anos feitos durante a residência, cuja experiência enquanto chefe de coro, aliada ao trabalho desenvolvido, também em Angers, com Deborah Hay lhe deu margem para pesquisar sobre a sonoridade dos corpos. Parece uma evidência mas a sua mais recente coreografia, ainda em desenvolvimento, inspiratoire/aspiratoire, onde o uso de aspiradores vai consumindo o ar que respira tem uma estranha força hipnótica, rara, que radicaliza a habitual manipulação das máquinas pelo corpo humano, num processo de metamorfose animal e visceral. Ou ainda o da romena, residente em Estrasburgo, Ramona Poenaru, 35, artista visual, com um trabalho assente na exploração das contradições e nos paradoxos do quotidiano, que propôs fazer uma série de retratos sob fundo religioso onde cada um dos intervenientes se deveria descrever de acordo com o modo como se vê e como acha que é visto. Casos que provam que a problemática da geração, e da classificação é, sobretudo, um problema narrativo, já que sendo um dos argumentos fundamentais da modernidade para a construção do seu relato, prova que a história acontece em evolução e não em finitude. Não há linearidade, há apontamentos que pensam a linearidade.

É nessa linha que segue o trabalho de Begüm Ercyias ou de Tommy Noonan, a primeira que quer explorar a ideia de morte através da ficcionalização do processo que antecede o acto, o segundo que acredita, parece-me – ou pelo menos é isso que mostra em Material Girl (2006) ou now here (2007) –, que o auto-domínio do homem sobre a máquina só pode resultar numa humanização de ambos os intervenientes. Uma questão de normalização que encontra várias respostas. Por um lado no trabalho da norte-americana Monica Gillette, 33, intérprete há vários anos e sem vontade em apresentar trabalho em nome individual. O seu site Dance Minute, onde desde há três meses organiza e estrutura um mundo coreográfico pessoal, é um “parque de vídeo-dança" onde ela “regista o mundo à sua volta”. Com experiência longa na edição de cinema e televisão a única regra é que tenha um minuto, “fácil para mim e para ti”, diz, enquanto tenta provar que o voo de uma borboleta é tão coreográfico quanto a mais pormenorizada e ensaiada das sequências formais. É também por aqui que anda o trabalho de Pedro Bastos, brasileiro de 32 anos, pela primeira vez na Europa e fora do Brasil, fotógrafo de paixão vindo de uma cidade do interior onde quis subir a um monte para dizer que existia e cujo trabalho de fixação da luz desenha movimentos tão etéreos e metafóricos quanto a emoção de encontrar nos corpos dos outros o interlocutor certo para a sua arte. É nesta aparente liberdade que se equacionam modos de relação, se experimentam modelos de aproximação entre o emocional e o racional, se estruturam, muitas vezes intuitivamente, processos de trabalho.

Por outro, casos como Marianne Baillot, Perrine Bailleux ou Guilherme Garrido, 26, 27 e 24 anos respectivamente, as primeiras francesas, o último português dão conta de uma necessidade de experimentação que vive do permanente embate fronteiriço, numa angústia e radicalismo nem sempre consentâneos, mas ainda consciente das vantagens e desvantagens da fatalidade de cada intervenção. Os seus trabalhos, Baillot vinda da dança e insistente numa perspectiva feminista, Bailleux e Garrido das artes visuais que cruzam a performance, enquadram-se num mal-de-vivre geracional, numa inconstância típica de quem habita os centros urbanos com a consciência de que o tempo se esgota e cada gesto necessita suplantar o anterior, que tem muito pouco a ver com contra-culturas, por mais urgentes que sejam as necessidades de afirmação de tal argumento. Fazem, isso sim, porque previstas desde cedo, parte das regras do sistema, cujas raízes se instalaram já nos cursos de formação, nos circuitos de programação, nas grelhas de recepção. Por isso, quando falamos de dança contemporânea, falamos de quê?

It’s breathing time!

Se pensarmos nos casos de Pieter Amper, 25, nascido no Burundi, e de Domenico Giustino, 31, italiano com adolescência passada no Texas, ambos a residir em Bruxelas onde frequentam ou frequentaram a escola de Anne Teresa de Keersmaeker, PARTS, reconhecemos nos seus movimentos aquilo que solidificou a escola belga: o virtuosismo interpretativo sem mácula e a generosa exploração das capacidades extensíveis do corpo. Se olharmos para Hajime Fujita, 25, e Sayaka Kaiwa, 26, ambos japoneses, a última a viver na Alemanha, apercebemo-nos do modo como vão ocupando um espaço discretamente enchendo-o depois com uma gestualidade rica em detalhes e ilusoriamente sem rede. Se observarmos os corpos da sul-coreana Min Kyuong Lee, 33, da alemã Jenny Beyer, 28, da mexicana Monterrat Payró, da suiça nascida no Lesotho, Lucie Eidenbenz, 23, ou de Mariella Greil, 28, austríaca, compreendemos de que forma podem ser traduzidas acções banais para movimentos consequentes, devido, na maior parte dos casos, a uma formação que passou pelo ou começou no bailado clássico. Os casos de Thelma Bonavita, 44, vinda do Brasil, Pavlos Kountouriotis, grego, 25, a residir em Londres, Marko Milic, sérvio de 26 anos, ou do australiano Tim Darbyshire mostram também uma prática concertada e uma vontade em explorar, de forma mais primária, os modelos formatados da dança.

Tudo isto está contemplado por essa noção lata de dança contemporânea, mas arrisco dizer que tudo isto funcionaria sem grandes problemas ou discussão profunda, se não fosse a chegada, exactamente a meio da experiência, de Sara Reyhani, Tala Motazedi e Arvand Dashtaray, elas com 27 e ele com 26, os três do Irão, Reyhani coreógrafa, Motazedi dramaturga e Dashtaray encenador. Não fosse isso e, provavelmente, a discussão sobre o que era ou não era dança contemporânea teria continuado centrada em dados adquiridos, convenções assimiladas e definidas por uma Europa centralizadora onde todos tinham vindo adquirir conhecimentos, onde todos eram iguais. Não desmerecendo o raro comprometimento político encontrado, e a ainda mais rara noção da existência de interlocutores atentos, responsáveis e lúcidos, foi porque a pergunta veio do outro lado, do outro, daquele que aqui na Europa tendemos a olhar como exótico, que fomos todos lembrados do óbvio: somos, sempre e também, o outro. Porque, afinal o que é dança contemporânea? Como é se pode dançar contemporaneamente quando há limites morais impostos por terceiros mais fiéis a leis divinas que atentos a desejos humanos? Como é que, por exemplo, se pode fazer contact improvisation quando não se pode tocar o corpo do outro? E o que parecia uma evidência tornou-se um problema de difícil explicação. Afinal quando chega a altura de explicar a evidência, falta a distância. Afinal, não basta ser-se da dança nem se ser contemporâneo para se fazer dança contemporânea, ou basta? Haverá, realmente, a necessidade, hoje, de insistir em definir, quinze ou vinte anos depois dos outros, o que caracteriza a dança contemporânea? Sim.

Porque o facto de apresentarem um projecto claro, que em Janeiro mostrarão em Teerão e para o qual precisariam de seis intérpretes, a serem escolhidos entre os interessados, levou a um reequacionamento do grupo, a uma outra organização que provasse da raridade da experiência; e porque até então os dias eram divididos entre aulas de pilates, yoga, body mind centering, parkour, laughing meditation, canto, ballet, accumulation process, exercícios mais ou menos exigentes do ponto de vista físico ou conceptual, caminhadas na floresta, filmes ao fim da noite e – como que por milagre – permanente vinho da região para encher os copos, a pergunta “aquilo que têm feito é dança contemporânea?” baralhou os dados do jogo.

Dias antes eu, 28 anos, havia proposto que lhe chamássemos actual em vez contemporânea, numa tentativa, também ela exploratória, de incluir para normalizar. Mas o espaço de tempo que vai entre a apresentação de um conceito e o abandono do conforto daqueles que já se conhecem e dominam, e por isso mais facilmente se recusam, demora mais do que um mês. Porque, sobretudo, faltava o olhar exterior, que não chega só porque se é crítico e, à partida, por inerência ou defeito, se está do outro lado da barricada (e não se está). Esse olhar que ao dialogar com um legado colonialista, pressurante e encerrado em dogmas inúteis, obriga a um novo paradigma relacional que, se se deve também interrogar sobre o modo como quer construir pontes entre experimentação e tradição, também aponta as fragilidades de um discurso que só aparentemente é questionado.

Talvez possa parecer retórica de pacotilha afirmar que a tomada de consciência dos limites do outro não aconteceu com um confronto nos limites da disciplina dança, mas no seio da própria disciplina. Como conceber uma arte que se deve sujeitar a outros valores, que não têm que ver com o mercado apenas de gestão cultural, mas sobretudo com os planos social e político? Como entender uma ideia de criação sujeita a condicionantes nem sempre racionais em grande medida empolados por um receio que nada tem que ver com arte? Como afastar do discurso artístico a ganga multicultural que enferma grande parte da criação caritativa, fascinada e debilmente estruturada? E depois como apreender todos estes ensinamentos e transportá-los para um quotidiano reconhecível como aquele que vivemos aqui na Europa?

Em grande medida isso está presente, por exemplo, no discurso de Mia Haugland Habib, 26 anos, norueguesa de origem americana, actualmente membro do conselho artístico da Ópera de Oslo e intérprete de vários coreógrafos, entre os quais Julie Nioche, cujo trabalho impressiona pelo desprendimento com que aborda a falibilidade da imposição de ter que apresentar um discurso sobre o conflito de religiões só porque lhe corre nas veias sangue judaico. Mas está também naquilo que Arvand Dashtaray definiu como “empurrar as paredes que nos cercam pelo lado de dentro”. É essa consciência de resistência, esse sentido de missão que parece pouco útil nesta Europa velha e de definições recauchutadas, que mais atraiu no discurso iraniano. Uma réstia de justificação que vai para além do imediato gozo em se fazer o que se faz. Uma presente noção de intervenção pública e política, tal como se reclamava no primeiro de todos os inícios, e que tanto pode ser aplicada, salvo as devidas distâncias, ao modo como se equaciona viver no mercado, aproveitando dele o que de melhor ele oferece, como à resistência cultural num país em repressão. Novamente do programa: “Sweet and Tender thus seeks to put the power of cultural production and exchange more into the hands of artists themselves. In this way, the heart of Sweet and Tender Collaborations is the meeting of artists. This meeting is vigorous, and challenging. Not only do we help each other produce work, we help each other to increase quality and depth through sharing and exchange”.

Durante um mês, porque houve quem não quisesse deixar uma história por fazer, trinta e dois nomes de outros tantos países do mundo, multiplicando estes pelos locais de residência, viveram juntos num programa de troca artística e social, sem pressas, nem mesmo quando souberam que, no final, se imporia uma apresentação pública. Durante um mês concentraram-se esforços para dar conta de outros modelos de concretização de ambições artísticas. Como sempre, e porque também é de bom-tom dizê-lo, a experiência vale mais do que os resultados finais. Mas temáticas como a identificação da disciplina, a relação hierárquica entre os elementos que nela circulam, os diálogos que deixaram de ser inter-culturais para passarem a ser babélicos, os cruzamentos disciplinares que se tornaram correntes e, algumas vezes, contra-producentes, a consciência de que há um olhar depositado, entre a esperança e a desconfiança, sobre todos eles e, sobretudo, o modo como se deve procurar ser o mais integro e honesto possível através dos objectos apresentados, fizeram deste novo início um princípio de novos desafios. Assim queira o tempo.

O site www.sweetandtender.org reúne material de todos os participantes, incluindo vídeos, fotografias, links para sites, blogs e páginas de cada um dos participantes. Dias 14 e 15, na Comédie de Reims, Le Palais de Tau e La Manége de Reims, o grupo apresenta os seus Fragmentos de Experiências.


Fotografias de Pedro Bastos. Texto escrito para a edição electrónica da revista Mouvement (sexta-feira disponível em francês)

quarta-feira, agosto 08, 2007

Sítio das Artes: o debate

Em resposta ao meu comentário intitulado A Pequena Memória, publicado no jornal Público do passado dia 30 de Julho e referente às apresentações finais da residência artística Sítio das Artes, no âmbito da programação d' O Estado do Mundo, organizado pela Fundação Calouste Gulbenkian, a coreógrafa e bailarina Vera Santos fez publicar uma carta no jornal que também pode ser lida no blog desse fórum cultural. Convidam-se os leitores a participar na discussão, aberta na caixa de comentários do blog O Estado do Mundo.

Excertos:

Se um programa é sempre genérico (mas este em particular era atento às carências nacionais) e as escolhas nunca se equilibram, a expectativa desta catalogação é fundamentada pela necessidade de perceber as hipóteses de artistas surgidos num contexto pós-dramático, trágico e sobre-referencial. De uma maneira geral, os protagonistas das artes do corpo presentes parecem ter desperdiçado uma oportunidade de reflectirem sobre o que significa criar hoje.
Entre a expectativa mínima e a esperança máxima, as propostas concebidas por Joana Craveiro, Juliana Penna, Vera Santos, Ana Trincão, Miguel Bonneville e Maria Gil, eram unidas por aquilo que o artista plástico Christian Boltanski classificou de «a pequena memória» – que Craveiro citava, e bem –, mas que se tornou um escape para muitos criadores: a defesa de que uma selecção de referências imediatas e geracionais pode substituir sem perda os processos evolutivos da História. Ora, Boltanski não diz apenas que a nossa memória é tão ou mais importante que a memória universal. Diz também, e muito concretamente, que a memória individual só tem importância se confrontada com os efeitos provocados pela memória universal. Ou seja, essa «pequena memória» exige distância e capacidade de auto-crítica, pontos que estas propostas fazem por ignorar através daquilo que lhes é mais imediato, reconhecível e, por vezes, descartável.
TBC

Apesar de já termos sido apresentados e de nos termos cruzado várias vezes (inclusive durante a programação de O Estado do Mundo), lamentavelmente, não foi [Tiago Bartolomeu Costa] um visitante disponível para falar, para questionar, para criticar ou para partilhar um bocado desse mundo imenso que, ao que li no seu comentário, estou longe de tocar enquanto artista porque só pressinto a importância da minha existência. Vi-o no Open Studio, dia da apresentação final, no dia em que esteve a trabalhar no Sítio das Artes, eu estava a observá-lo e posso dizer-lhe que sei que não é fácil estar nesse lugar... a pressão é imensa. A forma que encontrei estes meses para lidar com isso, foi descentrar-me de mim, olhar à volta, cultivar a curiosidade, trocar impressões, ouvir experiências, saber o que se passa, de onde vêm as pessoas... o mundo não é só o que vemos. Ao ler a sua pequena memória do encerramento, fiquei atónita com a natureza generalista de expressões como «Lamentavelmente parecem todos continuar a falar para dentro, para si e para nada» e a visão redutora relativa aos 6 protagonistas (designação tanto para um "herói" como para um "figurante") das artes do corpo, perante um conjunto de 20 artistas (designação não menos rica em sentidos) de 5 países - e como muito bem reconhece, «escolhas que nunca se equilibram» - fazendo parte da particularidade da residência.
Vera Santos

domingo, agosto 05, 2007

Crítica de dança: Ópera, de Tiago Guedes e Maria Duarte

Manifesto operático

Ópera

De Tiago Guedes e Maria Duarte a partir de uma ideia original de Tiago Guedes
Negócio/ZDB, Lisboa

termina hoje (21h30)

No seu célebre manifesto Não ao espectáculo, de 1965, a coreógrafa norte-americana Yvonne Rainer opunha-se, entre outras coisas, “ao virtuosismo, às transformações e magias e faz-de-conta, (…) ao não envolvimento do intérprete ou do espectador (…) aos desejos do espectador, à excentricidade, ao movimento ou ao ser movido”. Esta noção de liberdade (ou este desejo de libertação) inscrevia-se já numa busca incessante pelo primado da criação: o permanente questionamento. De certo modo, mais do que uma preocupação pela forma, ou pelo formato, deveriam os artistas pugnar por um efectivo diálogo e conjugação entre diferentes noções de representação num mesmo espaço e ao mesmo tempo. Ora, enfrentamos hoje, mais de quarenta anos depois, uma inversão desta ideia ao concebermos como mais relevante a categoria na qual o espectáculo se deve inserir do que o que este contém. Deixámos de lado a noção de arte total para nos preocuparmos com categorizações por vezes pífias que surgem, muitas vezes, de equívocos dos próprios criadores.

Ópera, a mais recente criação de Tiago Guedes, faz lembrar esse manifesto por parecer propor uma outra forma de pensar “o espectáculo”, partindo de uma apropriação de algumas das mais constantes preocupações do seu percurso, aqui sujeitas a um diálogo com Dido & Eneias, de Henry Purcell. Nomeadamente a relação com o tempo, o corpo como reagente a um conjunto de manifestações quotidianas, a memória da dança e a sua reformulação e a construção de quadros-vivos, com evidentes relações com as artes plásticas, numa paisagem árida como a cena vazia.

Ao chamar “ópera” a algo que, manifestamente, surge a partir de, primeiro, uma re-organização de materiais e formulações, assente em pressupostos coreográficos e, segundo, de um manifesto sobre a disciplina “dança” a partir do prolongamento, ampliação e perversão daquilo que, no conjunto do seu trabalho pode ser considerado como solipsista, cede o centro desse questionamento a algo maior, e mais relevante, do que os efeitos a que habitualmente recorre. O rigor e a formalidade dos movimentos tendiam, por vezes, para um jogo de resistência(s) entre as fontes de trabalho e os efeitos que cada uma delas exerce nas outras, obrigando a uma cumplicidade do espectador treinado nem sempre vantajosa.

À semelhança do efeito provocado por Pina Bausch em Café Müller, onde soa a mais célebre ária desta ópera Remember Me (que Guedes substitui por uma versão em russo ainda mais trágica), também aqui se trata de uma “confissão extrema de um estado de crise criativa” (Leonetta Bentivoglio, O Teatro de Pina Bausch, 1994), onde o coreógrafo expõe, como ainda não tinha feito, a irresolubilidade da problemática da representação aplicada ao diálogo entre música e dança. Factor tanto mais relevante quanto, noutras ocasiões, o uso de música servia para sublinhar a sua assinatura (Materiais Diversos, 2003), denunciar a dissolução e impotência dos corpos (Trio, 2005) ou caricaturar o que esses corpos faziam (Matrioska, 2007).

A relação entre esta “falsa” ópera, gerada com humor nos sucessivos jogos de aliteração e “tributo” à tradição coreográfica, e o uso da gestualidade através de um playback exigente e expressivamente contido, executado juntamente com a actriz Maria Duarte, remete-nos para um plano mais ambicioso que o coreógrafo usa para resgatar dos códigos estritos da disciplina a noção de espectáculo “livre” postulada por Rainer. A banda sonora é agora um recurso performático desmontável onde o campo referencial se perde (ou se deixa perder). Razão pela qual vamos abandonando a possibilidade de seguir a narrativa para nos concentrarmos na forma como os intérpretes criam uma mecânica própria, que resulta de uma codificação corporal, estilizada e ritual, dos episódios e das personagens narradas na ópera de Purcell. Estabelece-se um exercício de delimitação territorial que volta a impor uma reformulação dos conceitos disciplinares e da tradução contemporânea de expressões artísticas multíplices.



Texto publicado no Ípsilon de 03 de Agosto de 2007. fotografia de ensaio de José Luís Neves.

segunda-feira, julho 23, 2007

O bailarino que vem do frio para salvar o Bolshoi

Há quem diga que Ivan Vasiliev é o novo Baryshnikov da ballet russo. Tem tudo para ser uma estrela: humilde, de origens modestas, do interior da Rússia, despreocupado, com outros interesses para além da dança, a fazer aquilo como quem bebe um copo de água... O jornal britânico The Telegraph não poupa os elogios: "Tawny-skinned, handsome and quick-witted, Ivan Vasiliev is a babe magnet as well as an exultantly talented young artist, a natural stage performer and yet with a serious attitude to his profession way beyond usual 18-year-olds", numa era em que a escola russa atravessa momentos de redefinição dada a escassez de talentos que continuem a provar a excelência da técnica. A ler (e a ver o vídeo do rapaz a dançar), com o devido desconto ao encantamento quase servil da jornalista.


terça-feira, julho 10, 2007

Crítica de dança: Blessed, de Meg Stuart

A relação pode não ser evidente, porque Meg Stuart não gosta de trabalhar sobre metáforas, mas ajuda à leitura de Blessed se se souber que a coreógrafa nasceu em Nova Orleães, no Sul dos Estados Unidos, a mesma cidade devastada pelo furacão Katrina no verão de 2005. É daí que vem a constante chuva que devassa a fragilidade dos papelões em forma de abrigo, palmeira e cisne desenhados por Doris Dziersk, que estabelecem diálogos frágeis e poéticos, de um simbolismo desarmante, com uma utopia quase religiosa.

É também daí, dos escombros húmidos e dos restos de uma cidade que revelou o outro lado do sonho americano, que vem a força da resistência daqueles seres, impressa na visceral busca dos pertences por Francisco Camacho, mas também no tosco samba de Kotomi Nishiwaki. Corpos errantes que remetem para a natural capacidade humana de cicatrização, contra todas as expectativas e até mesmo a moral e ética.

Ajuda ainda saber que esta peça, minimal não pela simplicidade dos movimentos mas pelo modo como se vai impondo, de surpresa, surge da relação fraterna que Meg Stuart mantém com Francisco Camacho desde os tempos de Disfigure Study, de 1991, peça-fundadora de um discurso de pesquisa sobre o movimento numa sociedade hiper-mediatizada e eminentemente trágica. É que se sente, física e emocionalmente, nos traços de Camacho uma cumplicidade, uma memória, um reconhecimento da linguagem que partilham.

Não é por acaso que a peça manteve, durante muito tempo, o provisório título de Um Solo para Francisco. É que esta carta dela para ele – esse corpo estranho, tão pouco bailarino e tão humanamente cru – é um regresso a um discurso iniciático, de aspiração a um primitivismo e a uma sensorialidade que as mais recentes peças dela, sobretudo as de grupo, tinham levado já para o domínio da irrisão, da frieza descrente, cínica e desesperançada.

Blessed retoma questões exploradas, por exemplo em Alibi, de 2001, marcada inevitavelmente pela tragédia do 11 de Setembro. Também aqui é um corpo em confronto com a sobrevivência ao desastre que resiste e se renova. E não deixa de ser curioso que se possa sugerir que “as peças americanas” de Meg Stuart são aquelas que mais de perto tocam em uma das linhas maiores do seu trabalho: como lidar connosco e em relação ao que movemos?

A peça, austera pelo rigor matemático com que Camacho desenha precisas linhas no espaço cinzento, vai acumulando tensões, seja pela extraordinária banda-sonora de Hahn Rowe, seja pela impossibilidade de imaginar o que mais sucederá. Há uma impassividade no seu rosto, uma constânciamusical, uma ocupação de espaço pela chuva permanente que tornam a peça dramaturgicamente comovente. Mesmo que possamos achar que há uma extensão no tempo que pode fazer perigar as frágeis sequências – e a mudança de figurinos final, auxiliado por Abraham Hurtado, surge aqui como um elemento adicional pouco consistente pois duplica e caricaturiza a tragédia –, há em Blessed um trabalho de profundo rigor e implicação com o mundo negro em que vivemos.



Blessed apresenta-se hoje, às 21h, no Centro Cultural de Belém.



Texto publicado no jornal PÚBLICO a 5 de Julho.
Fotografia de Chris van der Burght


Hoje, às 18h30, na Culturgest, decorre uma conversa sobre a obra de Meg Stuart com as presenças de Gil Mendo, programador de dança da Culturgest, Mark Deputter, director do Festival Alkantara, Myriam van Imerschoot, dramaturgista, e Meg Stuart.

sexta-feira, junho 15, 2007

Clipping: A última vénia



"AFTER the show the curtain falls, and there are those for whom it will not rise again. Some discover only in retrospect that they will no longer perform because of injury or illness. Others leave the stage quietly, telling nobody their plans until after their last performance. Some, however, choose the moment and the manner of their going and give advance notice to the world. There are never so many true ballerinas that it’s comfortable to say goodbye even to one of them, but coincidence has ordained that this month brings the formal farewell performances of four international ballerinas, all of whom have been admired in New York. Four!" A ler no NY Times

sábado, junho 02, 2007

Crítica de dança : Uma lentidão que parece uma velocidade


Coreografia de Tânia Carvalho
Estúdio da Bomba Suicida, Lisboa
28 de Maio, 22h00
Sala cheia
Até dia 03 de Junho

Ao piano, um copo de veneno

Ao contrário da geração da Nova Dança Portuguesa, que poderíamos datar entre 1989-2000, com nomes como os de Vera Mantero, João Fiadeiro, Francisco Camacho ou Clara Andermatt entre outros, a nova geração de coreógrafos, a fazer-se notar a partir de 2000 (alguns já trabalhavam antes), não se sustenta numa instável posição de confronto e ruptura com o cânone e o legado mais directo da dança. Prosseguindo o trabalho de casos atípicos na cena nacional – como Miguel Pereira, Filipa Francisco e Ana Borralho/João Galante –, tiveram, na liberdade adquirida com e por aqueles outros criadores – precisamente porque continuam activos –, um lato campo de experimentação que não se socorre da referência para se (auto) justificar, como aconteceu com muitos. Uma tendência generalizada nos vários movimentos coreográficos europeus e que, em Portugal, gerou vários equívocos.
Sendo genérico, sou também generoso, pois falar de uma nova geração é, em si mesmo, uma facilidade crítica que cria ilusões como a existência de agrupamentos. Uma situação que, se já era difícil para os outros, para estes é praticamente impossível.

Contudo, Tânia Carvalho é, com Tiago Guedes, Cláudia Dias e Sónia Baptista, um dos nomes com mais destaque nessa nova geração, ampla, independente e liberta da necessidade de propor uma nova organização espacial, filosófica e coreográfica. O seu mais recente espectáculo é disso um bom exemplo.

Sentada ao piano, interpreta a Sonata para Piano kvk545, de Mozart, numa busca pessoal que leva mais em consideração o processo que o resultado. Qualquer purista dirá o óbvio: quem se propõe a tocar piano ou o sabe fazer ou poupa-nos ao exercício. Para o caso, tanto importa se Tânia Carvalho o faz bem ou mal (não o faz mal, já é um bom princípio), porque o que ali está em causa não é tanto o virtuosismo da interpretação mas a leitura que a coreógrafa quer propor entre o rigor e o limite do intérprete de uma composição e aquele exigido a um bailarino.

Já há muito se reconhecia no seu percurso uma seriedade matemática (ouso a expressão à falta de melhor) que facilmente se associava à composição musical. Orquéstica, peça de grupo de 2006, era essencialmente a transposição de uma partitura para um corpo múltiplo.
Se agora não vai tão longe quanto se esperava, ou desejaria, a coreógrafa joga, ainda assim, com um princípio de composição paralelo, oferecendo-nos a desestruturação sonora, poética e visual de uma mesma partitura. Primeiro a música, experimentada na visível dedicação a que se entrega, tornando-nos cúmplices de um esforço real. A meio, associando o texto de Patrícia Caldeira à desagregação da partitura. Depois no movimento, onde explora aquilo que de mais característico se lhe reconhece: a austeridade e a aridez no gesto controlado, a pesquisa de um limite temporal, a organização de acordo com princípios físicos claros e, diria mesmo, dogmáticos. O modo como combina estes elementos, em particular na fantasmagórica sequência onde o piano toca sozinho e todo o corpo a ele se subjuga, marca a traço trágico um modelo de criação obstinado e autoral.





publicido no jornal Público a 31 de Maio 2007

domingo, maio 27, 2007

Livraria Especializada: Pavillion Noir



Pavillion Noir, o livro


“Que livro para esse espaço recente, sem história, sem memória, onde ainda não se apresentou uma obra coreográfica?” A pergunta-desafio abre o negro e modular livro dedicado ao Pavillion Noir. Organizado por Éric Reinhart e publicado pelas Éditions Xavier Barral, a obra homónima, sem indicação de páginas, índice ou capítulos, divide-se entre imagens retiradas do filme de Pierre Coulibeuf e entrevistas a Preljocaj, onde se fala de corpo, movimento e espaço, e ao arquitecto Rudy Ricciotti, que recusa a utopia porque esta renuncia o futuro e prefere “transformar o real”. Conta ainda com contributos do astrofísico Michel Cassé, que reflecte sobre o vazio e a relação espaço-tempo, e da filósofa Jehanne Dautrey, que contextualiza a obra do coreógrafo a partir de palavras-chave como representação ou o diálogo com outras disciplinas. O volume não oferece a possibilidade de uma leitura contínua e formal, já que apresenta os excertos dos discursos de cada um dos intervenientes em terços de páginas independentes. Mas pensado enquanto objecto que dialoga com o potencial de uma obra em aberto, amplia uma das questões maiores do trabalho de Preljocaj: a sincronização. “Com a sincronização o espaço ganha uma textura particular (…), uma dinâmica particular, com certas velocidades e certas trajectórias”, diz. Tal como este livro, aberto na sua organização e labiríntico na sua forma, que permite ao leitor construir a sua própria viagem ao interior do edifício matemático de Ricciotti e à linguagem de Preljocaj (€35).


texto publicado na revista OBSCENA #1

sábado, maio 26, 2007

Livraria Especializada: Panorama de la danse contemporaine

Com mais uma edição das Feiras do Livro a decorrer em Lisboa e Porto, O Melhor Anjo dedica os últimos dias do mês de Maio aos livros, à semelhança do que já aconteceu o ano passado, numa rubrica intitulada Livraria Especializada.





Panorama de la danse contemporaine


de Rosita Boisseau





Mapa para a dança contemporânea





O que há de comum entre Ushio Amagatsu, Lucinda Childs, Alain Platel, Pina Bausch, Rachid Ouramdane, Meg Stuart, Josef Nadj, Sidi Larbi Cherkaoui, La Ribot ou Robyn Orlin, para além de serem coreógrafos cujo trabalho, salvaguardadas as distâncias e gostos pessoais, questiona permanentemente a dança e atravessa fronteiras artísticas, estéticas e nacionais? Para a francesa Rosita Boisseau, crítica do jornal Le Monde e da revista Télérama, são alguns dos noventa protagonistas da dança reunidos em Panorama de la danse contemporaine, um trabalho em curso, “sem conclusão”, não “um dicionário exaustivo mas a recolha de percursos escolhidos”.


Por isso o livro abre com uma apresentação genérica onde fala da influência de Maurice Béjart, Anna Halprin e Merce Cunningham na definição daquilo que se entende por dança contemporânea, traçando um percurso genérico sobre o modo como evoluiu a concepção de dança do final dos anos 70 até hoje. Os nomes são apresentados por ordem alfabética e acompanhados por extensa iconografia, muitas vezes do mesmo espectáculo, biografia seleccionada, breve perfil e questionário proustiano. Na selecção nota-se uma vontade de destacar a França e a sua realidade, “berço da dança contemporânea e o país onde os artistas são mais vigorosamente apoiados pelas instituições”, ficando claro tratar-se de uma obra dirigida ao público francês que busca “ainda e sempre os códigos de acesso a uma arte mais próxima do irracional que da lógica: não para enquadrar uma obra, mas para saborear os interstícios, lá onde a liberdade de cada um desliza e se descobre”. Razão pela qual não falta nenhum dos dezanove directores dos Centros Coreográficos Nacionais, tal como nomes que se têm destacado na/da cena francesa: Boris Charmatz, Allain Buffard ou Geisha Fontaine. Há ainda coreógrafos de Espanha, Bélgica, Alemanha, Estados Unidos, Inglaterra, Canadá, Japão e Itália, bem como do Burkina-Faso e Israel, com os quais a realidade cultural francesa mantém relações.


Mas entre a escolha pessoal e “o impacto flagrante da marca coreográfica” de cada um dos escolhidos, se Boisseau opta por recusar movimentos ou escolas e evita convocar nomes como Matthew Bourne ou Marie Claude Pietragalla, criadores vedetas reconhecidos pelo grande público, também não arrisca na apresentação de outros que correm os circuitos de crítica e programação, alguma dela institucional, como Cláudia Triozzi, Xavier Le Roy, Jérôme Bel, Vera Mantero ou Lia Rodrigues. Opções certamente legítimas numa viagem acrítica e didáctica que Boisseau defende com “razões práticas e económicas” e, como sempre nestes casos, onde o que entra diz mais sobre o que fica de fora.


No que respeita ao seu conteúdo, são particularmente fascinantes algumas fotografias, as anotações de Bill T. Jones ou Anne Teresa de Keersmaeker, o croqui do espectáculo Régi, de Charmatz ou o esquema coreográfico de Susan Buirge. Mas a abordagem à la Proust impede conhecer, pela sua forma limitada, o fascinante processo de criação de alguns destes nomes. Boisseau quer saber “o espectáculo marcante”, “o lugar do íntimo”, “o sentido a dar ao trabalho” de cada um, um som ou uma cor ou parte do corpo que sirva de inspiração e, entre outras mais ou menos genéricas, o calcanhar de Aquiles de cada coreógrafo. Entre os que sintetizam as respostas e os que não responderam (sobretudo nomes fora de França), existem aqueles que se expõem, como Gilles Jobin que busca uma cena que o leve à prisão e os que consideram, como Daniel Larrieu, que o último tabu é “o fim da arte”. Sendo um trabalho meritório e louvável, não deixam de ecoar como metáfora desta incompletude as palavras de Caterine Sagna: “se encontrasse o último tabu, teria tema para a obra-prima que todos esperam, autores e espectadores” (Ed. Textuel, €59).


texto publicado na revista OBSCENA #1

domingo, março 18, 2007

William Forsythe: a ambígua verdade

excerto do texto Momentos de transição publicado no programa do espectáculo Programa da Primavera, da Companhia Nacional de Bailado em cartaz até 24 Março no Teatro Camões, em Lisboa.



Numa crua análise à figura e ao percurso de William Forsythe, as autoras de La Danse au XXe Siècle [1], Isabelle Ginot e Marcelle Michel, apresentam-no como “o símbolo mais marcante de integração de uma certa modernidade no mundo clássico”. Mas não deixam de referir “que atrás das suas lentes de ferro, ele mantém um olhar frio sobre uma época de crise e decadência. Pensando-o em relação a Merce Cunningham, que persegue como que sob hipnose uma aventura com o movimento, Forsythe não tem nada de revolucionário. É sobretudo um divulgador utilizando todos os estilos, todos os procedimentos já utilizados por outros coreógrafos para descrever o estado do fim de século”.

Não nos podemos esquecer que Forsythe é contemporâneo de uma corrente artística que teve como equivalentes nas artes plásticas um Andy Warhol, na música um David Bowie e no cinema um Jean-Luc Godard. Ou seja, a reformulação como resposta ao contexto é quase genética. Há uma consciência situacional que o força a este jogo de reciclagem. E Forsythe nunca escondeu a ambição de dar à sua assinatura uma ambiguidade que lhe permitisse a reformulação estética, de forma e conteúdo, consoante os ventos soprassem. O seu percurso, de um pós-neo-clássico à manipulação das novas tecnologias e da vídeo-dança levaram a que se questionasse se era uma fraude ou o grande génio do século XX.

A dúvida permaneceu sempre e assombra o legado deste coreógrafo norte-americano, essencial para compreender a profunda crise que atravessou (e atravessa) a dança nos Estados Unidos depois de George Balanchine, Merce Cunningham e do Judson Dance Theater Group. Mas sobretudo após o advento da dança contemporânea ter deslocado para a Europa, e em particular para o eixo França-Alemanha, o epicentro das reformulações coreográficas. Forsythe inscreveu o seu nome na dança do último quartel do século XX através de um percurso onde reciclou os códigos, sabendo sempre da falibilidade do que fazia. É por isso que mais facilmente se contextualiza o seu trabalho no panorama europeu que no americano – isso mesmo provam as sucessivas encomendas e, desde 1984, a direcção do Ballet de Frankfurt, na Alemanha.

Ele diz: “Eu não sou mais herdeiro de Balanchine que ele era de Petipa. (...) Vivo no tempo da bomba atómica, da poluição e da SIDA, na época do stress, da violência e dos computadores… Sou um coreógrafo de hoje. Trabalho com o vocabulário clássico porque é o meu e me apercebi que na sua desestruturação retiramos as partes estranhas até aqui ocultadas pelo ballet. Considero o meu trabalho como uma actividade de reposicionamento”[2].

The Vertiginous Thrill of Exactitude é disso exemplo. Na peça de 1996 recordamos a resistente organicidade e a precisão suíça de um Concerto Barroco, de Balanchine (1941), mas também a necessária desmontagem contemporânea que recusa a narrativa. Mas sobretudo evita a cedência à dança moderna, vistosa e fátua. Existe, num espaço e num tempo particulares, o do momento da apresentação, como se um hiato temporal extremo ocupasse o palco. É uma elegantemente anacrónica e emocionada peça onde Forsythe leva mais longe a ideia de uma coreografia que vive de cruzamentos referenciais. Ao imprimir, apenas através da música, uma organização dos intérpretes, joga a partir de dados identificáveis regenerando-os.

Não estamos já, e apenas, no diálogo coreografia-música, no que isto pressupõe de cedências mútuas (naturalmente com a subjugação da primeira à segunda). Há um outro elemento-chave: o intérprete, agora humanizado. Forsythe explora o esforço físico (“bailarinos-atletas” chamaram certa vez aos seus intérpretes), mas integra-o na estrutura cénica. É ele o centro desta peça, e não apenas o movimento. A prova disso está na apropriação especial do último andamento da 9ª Sinfonia de Schubert. Criando de forma extraordinária um jogo coreográfico de solos, trios e duetos, ora sincopados ora sincronizados, provoca um jogo de xadrez entre os bailarinos que resulta numa estrutura cumulativa, cada vez mais vertiginosa, quase transcendente. Os intérpretes perdem-se numa espiral de movimentos intensa, noção reforçada pela necessária exactidão com que a devem dançar. Ficamos com a sensação de que poderiam continuar por horas já que a peça não tem necessariamente um princípio, meio e fim. E num tempo de indefinições como este em que vivemos não poderia haver melhor representação.


[1] Larousse, Montreal, 2002;
[2] idem
Legenda da foto: interpretação pelo Kirov Ballet/autoria: John Ross
No You tube encontram-se excertos desta peça.

sexta-feira, março 09, 2007

Crítica de dança: Matrioska, de Tiago Guedes


coreografia de Tiago Guedes
Centro Cultural de Belém, Lisboa - até domingo, 11

Pensar que as peças para crianças devem partir de uma didáctica é não só redutor mas impeditivo de uma verdadeira formação intelectual. Coloca-se uma importante questão: que crianças estaremos a formar? Almada Negreiros dizia que “uma criança é apenas um adulto de olhos abertos”. Sugerir em vez de explicar pode ser a fórmula indicada, mesmo que obrigue à existência de zonas cinzentas de compreensão. A criação em dança é ainda mais particular já que nela se impõe a tomada de consciência, pela criança, de que tem um corpo. E a coreografia trabalha a compreensão de um universo por vezes apenas sensorial e abstracto.

É neste campo da descoberta que se enquadra Matrioska, primeira peça infantil de Tiago Guedes, cujo trabalho geral parte de questões e hipóteses sobre o tempo coreográfico e a procura de um lugar para o corpo. Na peça anterior, Trio (2005), explorava a noção e a presença do corpo no espaço, estendendo o gesto numa vagarosidade sedutora e hipnotizante. A instalação de uma imagem (mas também de um conceito) está presente em Matrioska, onde se ampliam dois dos eixos fundamentais do seu percurso – a relação com o tempo e o diálogo com as artes plásticas.

No que respeita ao tempo faz demorar as sequências num jogo de ilusões que vem de Um Solo (2002) e Materiais Diversos (2003), feitas para adultos mas entusiasmadamente recebidas por crianças. Um gesto arriscado porque dirigido a uma faixa etária, 6 a 10 anos, cujo grau de exigência começa a ser contaminado pela percepção que têm da velocidade que os rodeia. No diálogo com as artes plásticas, substituindo o uso de objectos casuísticos (em Um Solo biográficos, em Materiais Diversos recicláveis) por um tempo de revelações, sempre sugestivas, mesmo se desenhando uma ténue narrativa.

Nenhuma das imagens criadas pelos dois intérpretes, Inês Jacques e Pietro Romani, é mais real ou fixa que as utilizadas nas peças anteriores onde o gesto dependia de uma rede de projecções activadas pelo espectador. Aqui essa paragem no tempo interage com as sugestões feitas pelo coreógrafo que conduz a criança por diversas camadas, como a boneca russa que dá nome à peça. A voz da menina transforma-se em uivo, o seu corpo gera uma sombra que a domina, há estranhas mutações atrás de uma tela, há muitas zonas de sombra e um clima de suspense especulativo.

Matrioska é um exercício de inspirada desenvoltura em torno da fantasia, não apenas porque a menina não sabe que “coisa” é aquela que a persegue, mas também porque ela é muito menos inocente do que se apresenta. Irónica fábula negra, para a qual contribui uma imaginativa e multifacetada banda sonora de Sérgio Cruz, é absolutamente extraordinário verificar que a coerência do discurso de um dos mais relevantes nomes da nova geração da dança soube abrir o seu universo aos mais novos, cativando-os através de uma cumplicidade que só as histórias simples proporcionam. Mas mais revelador ainda é o modo como não cede nessa pesquisa, antes transformando o gesto num espaço de desafios e expectativas.






[texto publicado no jornal Público, 05 Março 2007. Fotografia: Dimitri Wazamski]

quinta-feira, março 08, 2007

CNB comemora 30 anos a partir de hoje com novo programa



Treze gestos de um corpo: vinte anos depois

Apenas a primeira das múltiplas celebrações que a Companhia Nacional de Bailado prepara para assinalar a passagem de 30 anos sobre a sua fundação – que em Abril trarão ao Teatro Camões For The Peace of Children of Today and Tomorrow, trabalho de 1999 de Pina Bausch –, o Programa Primavera reúne, já em Março, quatro coreografias de autores idiossincráticos: William Forsythe, Mauro Bigonzetti, Gagik Ismailian e Olga Roriz. Todas as peças são interpretadas pela CNB neste programa pela primeira vez, que se dançará dias 8, 9, 10, 16, 17, 18, 23 e 24 deste mês.

The Vertiginous Thrill of Exactitude, de Forsythe sobre o último andamento da Nona Sinfonia de Schubert, foi estreada pelo Frankfurt Ballet em 1996 e, escreveu a crítica Roslyn Sulcas, “reveste-se de todos os elementos tradicionais da dança clássica: tutus, sapatilhas de ponta, virtuosismo, lirismo e uma agradável formalidade na relação entre os sexos”, numa “arrebatadora demonstração de técnica clássica”.

No mesmo ano estreou Dualidade, a coreografia de Gagik Ismailian (arménio residente em Portugal, antigo primeiro bailarino do Ballet Gulbenkian), pelo Balé da Cidade de São Paulo. A peça, que Ismailian submeteu a uma recriação para a CNB, integra canções de Amália Rodrigues e de Wim Mertens e organiza o discurso coreográfico em torno da noção de dualismo de género: “confrontação e emancipação de dois sexos, um duelo, esta ideia intrigante de confrontar e deliciosamente esperar pela reacção do adversário”, define o autor.

Passo Continuo é a coreografia de Mauro Bigonzetti que a Companhia Aterballetto estreou em 2005. Com música original de Antongiulio Galeandro que consiste em improvisações sobre Johann Sebastian Bach, Passo Continuo é, para Bigonzetti, “um bailado muito corporal. Não relata nada em particular, não contém uma história, expressa apenas encontro e colisão, fusão e separação”.

Mas o destaque do programa vai para Treze Gestos de um Corpo, de Olga Roriz, cuja estreia absoluta, pelo Ballet Gulbenkian, teve lugar há precisamente 20 anos, a 27 de Março de 1987, em Lisboa (na foto). Com música de António Emiliano, luzes de Orlando Worm e cenário e figurinos de Nuno Carinhas, a criação de Roriz viria a tornar-se icónica para o trabalho do Ballet nos anos 80, dado ter marcado público, crítica e até uma geração de bailarinos (quase trinta) que interpretaram a peça nas suas numerosas reposições e digressões: dois elencos, de treze bailarinos e treze bailarinas, com figurinos indistintamente “masculinizantes”.

Treze Gestos de um Corpo parte d’A Obra ao Negro, de Marguerite Yourcenar, para se definir estruturalmente: “acontecia-lhe muitas vezes reabrir uma porta, simplesmente para se assegurar que não a tinha fechado atrás de si para sempre, demonstrando-se, a si mesmo, a sua curta liberdade de homem”. A citação remete para as treze portas de que surgem, um a um, os intérpretes, numa secção inicial que, como escreveu o crítico Clement Crisp, “se assemelha a uma imagem ondulante, pois o gesto de se levantarem e tirarem o casaco passa sucessivamente ao longo da fila de homens sentados. É um conceito fascinante que prolonga e ao mesmo tempo fragmenta a acção, tal como as fotografias analíticas do movimento de Eadweard Muybridge”.

Seguem-se os treze solos, que – assegura Roriz – “têm dinâmicas e exigências técnicas distintas”, implicando uma “cuidada distribuição de papéis”. Nesta peça “sobre o reflexo de uma pessoa em frente de dois espelhos paralelos que formam uma multiplicação de imagens até ao infinito”, a sucessão de solos evidencia que “em cada um desses espelhos a imagem não é igual, é como se em cada um houvesse uma evolução, uma transformação do movimento, uma continuação do gesto anterior”. Yourcenar dizia-o assim: “Ele enumerava as qualidades da substância que via em sonhos. A ligeireza, a impalpabilidade, a incoerência, a liberdade total em relação ao tempo, a mobilidade das formas da pessoa que faz com que cada uma sejam várias e que todas sejam reduzidas a uma”. A raiva, o medo, a angústia, a fúria, o desmaio, vivido por um homem (ou uma mulher) estilhaçado em treze corpos.

Refira-se que a CNB é a quinta companhia a interpretar Treze Gestos de um Corpo. Depois do Ballet Gulbenkian em 1987 (que a levou à cena 81 vezes), dançaram-na o brasileiro Ballet Teatro Guaíra em 1990 (então sob direcção de Carlos Trincheiras), o Ballet Nacional de Espanha em 1992 (sob direcção de Nacho Duato, que assumiu um dos solos), e, em Itália, o Maggiodanza, Ballet do Teatro Maggio Fiorentino em 1999 (sob direcção de Davide Bombana) e, em 2001, o Ballet do Teatro Alla Scala (dirigido por Frédéric Olivieri). Mehmet Balkan re-convoca-a agora a Lisboa.


[texto publicado na revista OBSCENA #2, p.24, e da responsabilidade da redacção. Fotografia: Eduardo Saraiva]